"Quien se burla del paso lento, olvida que el mundo también gira despacio."
Saludos amigos.
Este cuento nació de una de las tantas visitas que he hecho a casa de mi madre. A veces, entre el ruido diario, las lluvias y las urgencias que nos imponemos, olvidamos observar lo más simple. Escribí esta historia como un intento de reconectar con esos momentos que, aunque pequeños, nos invitan a ver la vida desde otra perspectiva. Las tortugas —Rolito, La Meña, Clara y Potro— fueron mis fuentes de inspiración. Espero que, al leerla, puedas sentir, aunque sea por un instante, ese respiro necesario.

Baile bajo la lluvia
La tierra está empapada, huele a barro recién revuelto, a hojas aplastadas a lo largo de la planicie. Estoy aquí, sentado en una piedra grande, observando. La tormenta pasó hace un rato, pero aún caen gotas rezagadas desde los árboles, golpeando el suelo como si marcaran un ritmo que no logro seguir. Tres semanas en este caserío y todavía me despierto esperando el ruido del tráfico, el zumbido de notificaciones, la urgencia de la ciudad.
Consulto mi reloj —un gesto automático, casi un tic nervioso— y calculo cuántos correos se habrán acumulado desde ayer. El médico fue claro: “O desaceleras o te detienes para siempre”. El ataque de pánico en plena presentación me trajo de vuelta a este rincón de mi infancia. Pero cada minuto aquí me parece un retroceso. Como si la vida se estuviera escapando por no estar corriendo.
Entonces las veo. Tortugas. Avanzan lento, pero de una forma única. No caminan, tantean. Apoyan una pata, la recogen, prueban otra vez. Como si bailaran con la tierra. Y de pronto, todo encaja. Me fastidia su ritmo, su calma exagerada, pero no puedo dejar de mirarlas.
Un grupo de niños se acerca. Mateo, un chiquillo de unos ocho años, siempre descalzo y con el pelo revuelto como nido de pájaros, se adelanta. Imita a las tortugas con una seriedad que desarma: levanta los pies con cuidado, se desliza sobre el barro como si también sintiera el terreno.
—¡Mire, señor! —me dice con los ojos brillando—. Las tortugas no tienen prisa, pero siempre llegan.
Lucía, con trenzas deshechas por la humedad, se une al juego. Coloca una hoja sobre su cabeza como sombrero improvisado.
—Mi abuela dice que quien corre demasiado, tropieza dos veces —dice girando lento, como si bailara.
En minutos, todos los niños están allí, riendo, imitando a las tortugas. Sus voces se mezclan con el goteo de las hojas. Y yo, sin pensarlo mucho, me levanto. No quiero perderme ese alboroto. Bailamos, reímos, nos embarramos. Pero en medio del juego, algo se me clava dentro.
Las tortugas no andan así por capricho. Es su forma de vivir. Salen después de la tormenta, tantean, sienten. Y siguen. Lentas, sí, pero llegan. Me detengo un momento. ¿Cuántas veces en mi vida avancé sin mirar, sin pensar en dónde pisaba?
Saco el teléfono. Instinto. Mateo lo ve, curioso, y se acerca chapoteando.
—Las tortugas no tienen reloj —dice, sonriendo—, pero siempre llegan a donde van.
Lo miro. Miro el celular. Ese pequeño tirano que ha dictado cada uno de mis días. Lo guardo en el bolsillo más profundo.
La lluvia vuelve, primero tímida, luego con fuerza. Los niños corren a buscar refugio, menos Mateo, que se queda bajo el aguacero, deslizándose como una tortuga que no tiene apuro.

🔹*Si te gustó la historia, déjame tu comentario y sigue mi blog para más relatos.* 🔹
English Version
"Those who mock the slow pace forget that the world also spins slowly."

Dance in the Rain

🔹*If you enjoyed the story, leave me a comment and follow my blog for more tales.* 🔹
Esta publicación ha recibido el voto de Literatos, la comunidad de literatura en español en Hive y ha sido compartido en el blog de nuestra cuenta.
¿Quieres contribuir a engrandecer este proyecto? ¡Haz clic aquí y entérate cómo!